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martes, 13 de diciembre de 2011

La especialidad de la casa


Este cuento ganó el 1er premio del concurso literario del colegio, en 2010.

A Petrone le gustó el hotel Cervantes por razones que hubieran desagradado a otros. Era un hotel sombrío, tranquilo, casi desierto. Petrone aceptó una habitación con baño en el 2° piso, que daba directamente a la sala de recepción. Por el tablero de llaves en la portería supo que había poca gente en le hotel, lo cual lo sorprendió, tratándose de un hotel de renombre. También le pareció curioso que en todo el día no vio a nadie entrar ni salir. “Claro, es sábado, -pensó- quizás la gente prefiera salir a pasear en lugar de quedarse en hoteles, ya llegarán: en algún lado tienen que pasar la noche.”
   Se fue entonces al bar y el camarero se acercó y, extendiendo ante él un plato de sopa, le dijo: “¿Primera vez aquí?” Petrone asintió. “Pues entonces tome la especialidad del Chef, la casa invita” El hombre agradeció al camarero y miró la sopa como tratando de averiguar qué tenía. Se acercó un poco al plato y sintió olor a apio. Miró al rededor y  notó que no había nadie ahí. Eran alrededor de las 22.00hs cuando apareció una pareja que tomó un de las 18 habitaciones disponibles. A partir de ese momento, empezó a llegar gente. Entre esas personas vio a una chica que iba sola. Era bastante atractiva, así que pensó que quizás tendría oportunidad de hablar con ella. La joven tomó un volante de sobre la recepción: se haría en la 9 de Julio un show en vivo al día siguiente. Desde el pasillo, asomado por la baranda de las escaleras, alcanzó a ver el número de la habitación de ella: era la 25. Se fijó en su puerta y vio el brillante bronce que indicaba que era la habitación número 24. La chica subió hasta el 2° piso y se metió en la habitación que estaba frente a la de Petrone. Aunque la joven no lo sabía, él había estado observándola desde detrás de la puerta, a través de la mirilla. Cuando ella cerró la puerta tras sí, él salió y se apoyó en la baranda para seguir espiando los movimientos de la recepción. Vio que entraba otra pareja. La chica llevaba una boina roja y una bufanda negra, que se quitó al entrar. ¡Era la misma chica que acababa de entrar en la habitación 25! Se apoyó en la puerta de en frente y, como no escuchó ruidos, tocó la puerta. Después de un rato, la joven abrió. Estaba en bata y tenía una toalla con la que se  frotaba enérgicamente el pelo. Sin ninguna otra excusa, Petrone le dijo que se había equivocado de puerta, y se disculpó. Se asomó nuevamente para ver la recepción y pudo ver a gente que entraba en las habitaciones, gente que salía de ellas y gente que atendía a gente. En cualquier hotel esto habría sido normal; sólo había un gran problema: la gente que entraba en las habitaciones era la misma que salía de ellas y éstas, a su vez, la misma que atendía a la gente. En total, los rostros diferentes habrían sido 5: una recepcionista, una mucama, un chef, un mesero y un botones; pero estos rostros se repetían, mezclaban y volvían a aparecer constantemente. Petrone se encerró en el cuarto y empezó a pensar en una conclusión lógica y razonable. Primero, ese hotel tenía algo raro. Segundo, no eran clientes los que ingresaban, sino los mismos empleados que entraban una y ora vez, haciéndose pasar por diferentes huéspedes. Y tercero, como consecuencia de lo anterior, no había nadie en el hotel, “Al menos nadie normal”_ pensó. De pronto, alguien que se identificó como la mucama empezó a golpear la puerta. Una dulce voz que venía del otro lado de la puerta anunció que haría uso de su llave. Entonces la colocó en la cerradura, dio la primera vuelta e hizo una pausa. Dio la segunda vuelta y agarró el picaporte. Comenzó a manipularlo. Petrone deseó estar en el cuarto de su casa. Entonces el ruido se detuvo. Cuando abrió los ojos, se encontraba en su habitación, en su casa, preparando las maletas para irse. “Debo haberme quedado dormido”, dijo, con alivio. Entonces terminó de guardar sus cosas y fue a la parada de ómnibus. Sus amigos y familiares estaban ahí. Se despidió de ellos y subió al micro. Se reclinó en el asiento y sacó un libro del bolso, era el Quijote. En medio de la lectura, se quedó dormido de nuevo. Esta vez se remontó a la época de los caballeros y ahí vio venir a Don Quijote acompañado de su fiel escudero, Sancho Panza y el infaltable Rocinante. Estaba en medio de la aventura de los molinos. Éstos se habían transformado en gigantes de 3 metros que por alguna extraña razón sólo perseguían a Petrone. ¿Sería porque estaba alterando la historia? ¿No era, acaso, un delirio del Quijote, cuando sólo eran molinos de viento? No lo sabía, pues no había terminado de leerlo. Sea como fuere, tenía que huir de ahí. Así que hizo un esfuerzo y se despertó. Miró por la ventanilla y se dio cuenta de que sólo había pasado un rato desde que el micro empezó a andar. Hizo un supremo esfuerzo por no dormirse, pero el sueño lo venció. Cuando volvió a abrir los ojos, notó que el micro estaba parado. Los pasajeros estaban agarrando sus bolsos para bajar. Al salir de la estación Retiro, caminó sin rumbo hasta que encontró una plaza y se sentó un rato. Eran alrededor de la 3.00hs de la tarde y el rayo más potente del débil sol de invierno se posaba sobre su banco. Apoyó una guía sobre el libro que tenía en la mano y se puso a buscar algún hotel donde pasar la noche. De pronto, corrió la guía y miró el libro. “Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes”. Todavía le rondaba la idea por la cabeza. Se había compenetrado tanto con la historia que hasta la vivió. Pero no se explicaba lo del Cervantes. “Por si acaso, no vuelvo”, se dijo a sí mismo. Una vez elegido el hotel, se dirigió al Bauen. Cuando entró, un hombre lo dirigió hacia la recepción, donde una bella joven lo esperaba. “¿Nos conocemos?”_preguntó Petrone al botones. “No lo creo”_respondió el hombre. Cuando se acercó a la recepción, dijo a la joven: “Dígame señorita, tuve un día terrible, así que quiero descansar bien; lo que me preocupa es que Corrientes es una calle muy transitada y…” “No hay problema, tome la 24, va a disfrutar de un buen descanso”_dijo ella con una sonrisa diabólica. Al verla, Petrone se perturbó. ¡Era la misma chica del sueño! Entonces miró a todos lados y se dio cuenta de que estaba en la recepción del Cervantes. El botones que estaba en la entrada cerró la puerta para que él no huyera, y le dijo: “Bienvenido al hotel Cervantes”. A su derecha, se abrió una puerta, salió el cocinero con un gran cuchillo y, aproximándose a él, le dijo: “Buen provecho”. Otra vez se dijo a sí mismo: “Debo estar soñando, tengo que despertarme”. Frunció los ojos con fuerza y cuando los abrió, estaba sentado en la plaza. Volvió a mirar la guía y estaba seleccionado con un círculo, con lapicera, el Cervantes. Se fijó el resto de la larga lista de hoteles: “Cervantes”, “Hotel Cervantes”, “Cervantes, la mejor elección”.Comprendió entonces que seguía soñando. Volvió a intentar despertarse. Cuando miró a su alrededor, se dio cuenta de que estaba en el micro. La gente se estaba preparando para bajar, buscando sus bolsos. La chica que estaba al lado intentaba despertarlo. “Señor, señor, ya es hora” “¿Hora de qué?”_preguntó él medio dormido. “De comer”_dijo ella, tocando con su pulgar el filo de un gran cuchillo. Miró a los otros pasajeros, como pidiendo su ayuda, pero aquellos rostros repetidos de los sueños se rieron y, tomando cada uno su cuchillo, se aproximaron a él. Sacudió su cabeza y se despertó huyendo de los gigantes de 3 metros. “¡No!”_exclamó Petrone, y se despertó nuevamente en la habitación de su casa. Emitió un suspiro de alivio. Alguien tocó la puerta: Era el botones del Cervantes. “¿Le ayudo con las maletas?”_le dijo. “¡No!”_volvió a exclamar, y se despertó en la habitación del Cervantes. Estaba sentado en el suelo, contra la pared. Alcanzó a ver su maleta sobre la cama. La agarró, buscó todas sus cosas y bajó a la recepción para devolver la llave y retirarse, pero no había nadie. De la cocina venía un olor a sopa de apio. “¿Para quién?-se preguntó-si no hay nadie”. Se asomó por la puerta y se vio a sí mismo sobre una mesa. El cocinero sostenía un cuchillo que pretendía hundir en su pecho. De repente, sintió que cómo se lo  enterraba en su piel. Vio cómo la sangre corría bajo su remera. ¡Era verdad! ¡Lo estaban desgarrando, lo estaban matando en vida! Entonces comprendió que el verdadero Petrone no era el  de la recepción, sino el de la cocina, que estaba profundamente dormido. Intentó desesperadamente despertarse, pero todo fue en vano. Sintió cómo el cuchillo cortaba sus brazos y piernas. ¡Cuánto deseaba estar de nuevo en su casa! Pero por más que lo intentara, ésa era su cruel realidad: estaba sedado, todo el tiempo lo estuvo, desde que la mucama entró en su habitación. Si tan sólo tuviera las fuerzas para levantarse…No, era imposible. Se acordó de lo que habían dicho los personajes y que quizás hubieran dicho aquellas personas, estando él medio dormido: “Va a disfrutar de un buen descanso”, “Buen provecho”, “Es hora de comer”, “La casa invita”. Sintió otra vez el olor a apio, y esto le dio náuseas: estaba a punto de formar parte de la especialidad de la casa. 

Una obra de "La Muñe"®


1 comentario:

  1. Exelente cuento Marina,bién construido.tienes talento para cautivar con lo inesperado y terrorífico

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