Era
ya pasada la media noche y seguía sin poder conciliar el sueño. Se escuchaban
voces tras la puerta y murmullos provenientes de las habitaciones contiguas.
Creía ver sombras y gente entre las tinieblas de la noche, pero lo que más lo
aterraba era el armario; detrás de él una agarradera se extendía e iba
tapizando toda la pared de verde.
Pese
a ver formas y sonidos monstruosos, su mente se fijaba en ese armario de roble
fino, un mueble antiguo que despertaba su curiosidad y, al mismo tiempo, lo
horrorizaba. No sabía bien por qué era, pero ese pedazo de madera tenía un
aspecto sombrío y lúgubre y dotaba a la habitación de un irracional sentido de
miedo y de un misterio tal que nadie que entrase podría eludir desviar su
mirada hacia esta obra de arte antigua.
La
tensión aumentó cuando la pequeña porción de empapelado floreado que quedaba a
la vista- por motivo de la agarradera- comenzó a cobrar vida y a adoptar formas
siniestras. Pronto el suelo también empezó a moverse: las maderas se
tambaleaban y la alfombra se veía como si algo se estuviera moviendo debajo.
Aparecieron ratas y cucarachas por docenas, como si de una estampida se
tratara. Empezaron a acecharlo. De un salto se subió a la cama y vio con
desesperación cómo se abrían las ventanas a su izquierda y daban paso a una
multitud de murciélagos alborotados.
En
medio del pánico y el terror se oyó el sonido de dos balazos en la calle.
Después de esto se creó un silencio sofocante que fue interrumpido por el ruido
de unos pasos que recorrían el pasillo y se acercaban sigilosamente hacia el
lugar.
El
ambiente era cada vez más denso y escalofriante. Las sábanas que había echado
al suelo en su insomnio procedían a sacudirse y la cama el la que estaba
oscilaba hacia los costados alternando diagonalmente las patas en que se
apoyaba.
Sintió
una voz detrás de la puerta hacerse cada vez más fuerte, pero por alguna razón
desconocía el lenguaje en que esta conversaba. Por un rato esta voz desistió en
sus intentos de comunicarse con él y esto le produjo cierto alivio además de
dudas y sospechas. Volvió a concentrarse en lo espantoso y desagradable de la situación.
Nuevamente escuchó acercarse a alguien, mas esta vez eran varias las voces que
pretendían que les respondiera. Empezó a preocuparse cuando estas voces
insistieron en que les abriera la puerta. Repentinamente, un silencio invadió
su aposento. La perturbadora y diabólica paz se escabulló al iniciar las tareas
para abrir la puerta. Poco a poco se van esclareciendo las voces y su dialecto
se hace descifrable. Abren la puerta. Intenta pedir ayuda, intenta explicar lo
que estaba ocurriendo, pero la prueba se desvaneció en el aire. Creen que
alucina. Lo llevan a un internado. El armario está allí, en la metamórfica sala
del hospital. Unas sombras procuran atacarlo. Se aproximan hacia él. Desde la
pieza se oye un grito. Entra la enfermera. Todo se desvanece. El hombre ya no
está…
Una obra de "La Muñe"®
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